Una novela donde la memoria personal se cruza con lo colectivo, y lo cotidiano se tiñe de misterio e incomodidad.
Soy enfermera y escritora, dos oficios que parecen muy distintos pero que en realidad se tocan en muchos puntos: ambos lidian con la vida, la muerte y todo lo que ocurre en medio. Vivo en Santiago de Chile, y gran parte de mis días transcurren entre libros, escritura y la escucha atenta de historias ajenas.
La casa de los visitantes nació de un sueño. En algún momento de mi vida, la idea central de esta historia apareció en mis noches y no volvió a dejarme tranquila. Era como un mosquito en la oreja: insistente, imposible de ignorar, hasta que encontré la manera de liberarlo a través de la escritura.
En mis lecturas me acompañan referentes tan diversos como Marcela Serrano, por la sensibilidad de sus plumas y los temas que aborda; Mariana Enríquez, que sabe retratar el horror desde lo cotidiano y lo folklórico; y Stephen King, maestro indiscutible de las grandes historias. Todos ellos, de alguna forma, laten detrás de estas páginas.
El mayor desafío fue dejar de escribir como yo misma y prestar mi voz a personajes que piensan, sienten y deciden distinto. Fue un ejercicio de confianza: darles la mente un rato y creer que sabían hacia dónde llevarme.
El enfoque de la novela es claro: quería invitar al lector a ponerse en los zapatos de la narradora y avanzar con una sensación permanente de que algo anda mal, aunque no se logre identificar del todo qué es. Esa incomodidad, ese roce invisible, acompaña la lectura como un rompecabezas que se va armando lentamente.
Lo que hace especial a esta obra es su perspectiva: la narración se vive desde la mente de la protagonista, sin filtros, generando una inmersión total. A ello se suma un entramado que combina la intimidad familiar con episodios históricos y sociales, creando un diálogo entre la memoria individual y la colectiva.
En dos líneas, podría decir que es un libro necesario porque abre preguntas sobre nuestros vínculos familiares y porque se atreve a hablar de la muerte sin rodeos ni tabúes. Es, además, una historia transversal que toca distintas realidades sin encerrarse en ninguna.
Pero La casa de los visitantes también es un homenaje: a esas familias sostenidas por mujeres que heredan todo de sí mismas sin darse cuenta. Y es, al mismo tiempo, una invitación a mirar lo cotidiano con otros ojos, porque allí, en lo que parece común, muchas veces se esconde la verdadera épica.


